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martes, 30 de junio de 2015


Absorbido por mi "Augusto...", he abandonado por completo la tarea de este blog. Ningún remordimiento. La redacción del manuscrito me ha llevado desde el día 6 de febrero hasta el día 29 de mayo. No me ha defraudado. Ahora me hallo transcribiendo y corrigiendo. Puliendo, puliendo, puliendo... ¿Y si al final no quedase nada?

Hoy, excepcionalmente, este pensamiento:

Cuando escribo para niños, escribo para niños. Cuando escribo para adultos, escribo para adultos que aún recuerdan al niño que fueron.

sábado, 7 de febrero de 2015

¿Obligar a leer?

Y obligar a reír y obligar a llorar de risa y obligar a llorar por llorar y obligar a asombrarse y obligar a asustarse y obligar a descubrir y obligar al orgasmo y obligar a tener un sueño dentro de un sueño y obligar a decir miau y obligar a decir guau y obligar a hacer caso y obligar a desobedecer y obligar a aprender y obligar a confundirse y obligar al asco y obligar al amor y así nos va obligatoriamente.


viernes, 6 de febrero de 2015

Bibliotecas


Nunca he olvidado mi biblioteca, allá en unos "80" que nunca fueron como los recuerdo, en el madrileño barrio de Moratalaz. La sección infantil y juvenil era en la planta baja del edificio; uno traspasaba la puerta de la entrada y ya estaba allí, sin transición, tan fácil como lo es, en la infancia, saltar de una realidad a otra.

Nadie tenía que imponerme silencio, porque el asombro y la fascinación me dejaban mudo, y pasaba la mano por el lomo de los libros con miedo a despertarlos. Desde el principio, para mí, nunca fueron, nunca han sido, cosas.
Biblioteca de Corralejo, 5 de febrero de 2015

Recuerdo su olor, su tacto, el leve crujido de los ejemplares más nuevos al abrirlos. Recuerdo sus títulos: "¿Aún Quedan Gigantes?", "Tarzán de Goma", "El Libro de los Gnomos", "La Bruja Novata", "El Último Vampiro"... Recuerdo a Marina, la bibliotecaria, que me permitía llevarme a casa libros que no podían prestarse, y leía en voz alta para quien quisiera sentarse a escucharla, y organizaba teatrillos... Me recuerdo a mí mismo regresando a casa de noche, sin miedo, abrazado a un libro que aún no había leído o que ya había leído mil veces, calculando cuántos días podría albergarlo en mi casa antes de que me impusieran la multa de cinco pesetas.

 

Recientemente tuve la oportunidad de participar en un encuentro literario en la Biblioteca de Corralejo, en la isla de Fuerteventura. El mismo aliento mágico de los libros me sopló tras las orejas, y reconocí en la sonrisa silenciosa de sus bibliotecarias el mismo latido secreto y fértil de Marina, el mismo amor. Gracias.

 

 

 

domingo, 1 de febrero de 2015

La originalidad




Que lo novedoso no nos impida ver lo original. Son dos cosas distintas y, la mayoría de las veces, contrarias. En otros NOCTAMBULARIOS me he referido a que debe haber verdad en el texto, si ciertamente lo escrito aspira a ser literatura (y sin olvidar que la literatura engendra su propia verdad).

Mientras que "lo novedoso" nos remite a aspectos externos a la creación literaria, tales como el impacto mediático, el marco socio-cultural, las exigencias del mercado, el gusto de la época... "la originalidad" nos confronta con la auténtica literatura.

La originalidad de la obra ha de ponerse en relación con su proximidad al origen de lo que trata, es decir, con su autenticidad. No es tan decisivo que se escriba algo nuevo, como que lo que se cuente, aunque ya se haya narrado antes, se exprese de tal modo que parezca la primera vez. La originalidad tiene que ser la del agua que recogemos con nuestras manos en su naciente, y no en los remansos donde esa agua se enturbia de lodo y sedimentos.

Quien  se dispone a  escribir  (ya sea para  desarrollar un  argumento policíaco, o una  imagen lírica o una comedia) ha de hacerlo siempre con la exigencia de escribir algo fundacional, por más que en su obra se reconozcan los ecos de otras obras.

Cuando hacemos el amor, como cuando escribimos, no hacemos necesariamente nada "nuevo", pero  siempre nos supone una vuelta al origen.



 

 


sábado, 31 de enero de 2015

El libro no es un púlpito

Escribir y leer son dos actos intrínsecamente morales, pero el foco de esas actividades, la obra, es amoral. Escribir y leer constituyen siempre acciones buenas; "buenas" en sentido nietzscheano, es decir, enriquecedoras al abrirnos a lo otro, al sacudir a nuestro yo comodón y adormecido, al predisponernos para la "sorpresa" (que según Aristóteles resulta condición primordial en el camino del conocimiento). 
 
El carácter "moral" (en el sentido específico que acabamos de acotar) del disfrute literario, es ajeno al contenido del texto. Insisto, desde un punto de vista literario, el texto es amoral: da igual que estemos leyendo "Las mil y una noches", "La Biblia", "Los Infortunios de la Virtud" o "La Familia de Pascual Duarte". Quien renuncie a leer las orgías incestuosas y crueles de un libro de Sade, lo hará por un prejuicio moral, pero nunca podrá escudarse en un enjuiciamiento literario. Si, de hecho, quiero contrastar el valor literario de esa obra, no podré basarme en sus implicaciones éticas, sino en su uso del lenguaje, en su retórica, en su dialéctica, etc. Del mismo modo, una crítica literaria de "Crimen y Castigo", debe dejar de lado su profundo cuestionamiento de la moral burguesa (que bien pudiera ser tratada, si acometiéramos una crítica filosófica), para centrarse en su valor literario. Si no, estaremos cayendo en el moderno vicio de tratar a las obras literarias como panfletos, obras de autoayuda o, aún peor, como catecismos.

Como ejemplo de lo dicho, baste un repaso somero a la literatura infantil y juvenil (especialmente a las colecciones enfocadas a las escuelas), para comprobar con tristeza cómo adquiere en ellas más relevancia su cuestionable riqueza en "valores cívicos", que la pobreza de sus argumentos o la negligencia de su lenguaje. Imagínese que a un niño se le quiere inculcar el gusto por la pintura, censurándole aquellos dibujos que a nosotros nos parecen escandalosos.

No debemos nunca presuponer que nuestros lectores (sean de la edad que sean) son bobalicones vulnerables en riesgo de descarrilarse si no nos esmeramos en subrayarles constantemente lo que está bien y lo que está mal.
 



miércoles, 28 de enero de 2015

La verdad de la ficción literaria


 
En la obra literaria sólo hay verdad, por más que esa verdad no se pliegue a los dogmas científicos, morales, políticos, estéticos...Si no hay verdad en lo que escribimos, se nos muere. Si no hay verdad en lo que leemos, se nos torna ilegible. Y esa verdad no depende de que leamos o escribamos sobre una injusticia social o sobre las peripecias de Dorothy en Oz.
La verdad literaria es interna a la propia obra, se engendra en ella misma, y eso no la desvincula de nuestra cotidianeidad, sino al revés: en el orbe literario encontramos llaves que abren cerraduras de este mundo.
¿Cómo no van a permitirme el  Capitán Garfio, la tía Tula, don Quijote, el Señor Sommer, Ternardier, Max Estrella o Bernarda Alba descifrar mejor a mis semejantes, y a mí mismo? ¿Cómo no columbrar los engranajes del mundo y del ser humano con la lectura de "El Lazarillo de Tormes", "La Fundación", "El Bosque Animado", "La Noche que Llegué al Café Gijón" o "La Piedra Lunar"?
La ficción literaria (y toda literatura es ficción) alumbra las verdades del mundo.

martes, 27 de enero de 2015

La dimensión literaria


 
El grosor de un libro no se corresponde con la dimensión de la obra. La paginación es una propiedad del libro, en tanto que soporte físico, y varía en virtud de los caprichos del editor. Pero la obra, en sí misma considerada, ya nos estemos refiriendo a "Moby-Dyck" o al "Poema de Gilgamesh", se abre a una dimensión no mensurable cuantitativamente.
La dimensión de una obra, atendiendo exclusivamente a su valor literario, ha de resultar de la propia obra, de su potencialidad, de su estructura interna y de su desarrollo como ser vivo, y sólo así cabe tildarla de excesivamente larga o decepcionantemente breve. Una obra demasiado larga no será, pues, aquélla que rebase las mil páginas, sino aquélla cuya dimensión resulte inapropiada para su estilo, su intensidad, su desarrollo... Sólo desde esta perspectiva entenderemos que una obra resulte demasiado larga aunque no llegue a las cincuenta páginas, y otra adolezca de una excesiva brevedad aunque rebase las quinientas.
Valorar una obra por el número de páginas de su publicación, es como preferir una especie de flor a otra porque tenga más pétalos.

 
 


Los géneros literarios




En rigor, sólo hay dos géneros literarios: buena literatura y lo demás. El recurso a la categoría de género literario como calzador para asignarle a cada lector el libro que nos parece más idóneo, o como referencia para catalogar a cada autor donde corresponda, se reduce a un mero uso pragmático ajeno a la literatura como tal. Reducir “La Isla del Tesoro” a novela de aventuras, o "Drácula" a novela de terror, o "El Amor en los Tiempos del Cólera" a novela romántica, no es admisible. La pregunta manida y vaga "¿de qué va?" no puede abarcar en modo alguno la riqueza de una obra literaria, sin menoscabo de que dicha obra sea más o menos ágil, divertida, intrincada o densa.
La imposición acrítica de los géneros literarios suele acompañarse de una jerarquización de las obras y de sus autores según el género en que se engloben, otorgando invariablemente más valor a unos y a otros en la medida en que se les considere más o menos sesudos, más o menos complejos y, en general y de una forma un tanto enigmática, más o menos serios. Siendo así que la seriedad es un rasgo puramente subjetivo, y con mucha frecuencia proporcional a la idiotez del sujeto en cuestión, reto a quien sea para que calibre y compare la seriedad de un Huckleberry Finn, un Marqués de Bradomín, un Quijote, una Madame Bovary, un Cyrano de Bergerac, un Edmundo Dantés, un Aureliano Buendía, un Ivan Illich, un Licenciado Vidriera, una Alicia...


www.canarias7.es/articulo.cfm?Id=299162